martes, 11 de junio de 2019


PENSAMIENTOS DE UN INMIGRANTE.
Capítulo 1.
“Quien iba a pensar”

            De pronto vas caminando, sentado en algún transporte público, mirando alguna noticia o red social en el teléfono, haciendo cualquier actividad laboral o no, ves, lees algo y se te va la mente, en mi caso sonrió muchas veces y otras tantas quedo envuelto en ese mundo único, libre y mágico de los pensamientos. 

¿Quién iba a pensar? ¿Como es que he llegado aquí? ¿Y si estoy aquí, donde estaré luego?

No es vivir en el pasado, es recordar las vueltas que da la vida, de niños y pre-adolescentes crecemos viendo programas, caricaturas, películas y nos bombardeaban con tantas cosas de otros países, parques, hoteles, atracciones y dices que seria espectacular viajar y conocer dichos sitios, turistear.  Fantaseas con conocer todo eso, lugares como Disney World por poner un ejemplo.

Ya de adolescentes, estudiando para ser un profesional, aunque se mantiene ese pensamiento de una forma muta, evoluciona y dices quiero estudiar, graduarme, hacer plata para ir a tal sitio porque me gusta y quiero ir algún día.  Pecas de altanero y prepotente, como dijo mi primo Fran en una de sus fabulas “yo si salgo de mi país es a vacacionar, a conocer, yo no abandono mi país” y mira, el que escupe pa´rriba muchas veces le cae el… ustedes saben.

A mí siempre me llamo la atención y todavía ojo, Inglaterra, no sé, como es su cultura, su manera de hablar el inglés, clima, tierra de Harry Potter, James Bond, jajaja. Pero me gusta, no era Cancún, Bora Bora, Miami, España, EEUU, entre otros.

Ya de adultos muchos cumplieron sus sueños, otros no, pero si nuestra generación en gran parte esta afuera conociendo nuevos lugares, costumbres y personas, la situación país nos llevó al Venezolano a tomar otros rumbos, dejar atrás su frontera, su ambiente y aventurarse.  Quizás no era lo que pensamos en nuestros inicios, pero salimos a la final no.  A trabajar, a buscar mejor calidad de vida y nuevas oportunidades pasando por circunstancias malas y buenas que a la final nos da más experiencia.

Y así estamos, dispersos como los países nombrados en la canción “Latinos” de proyecto uno, en otro continente con títulos y certificaciones apostilladas que gracias a Dios a muchos les sirvió, a otros no, pero saben que, igual trabajan de lo que salga, le echan un camión de bolas para salir adelante y ayudar a sus compatriotas y familiares que aguantan una pela ruda allá en nuestro bello e infinitamente mejor país Venezuela.

Nojodas, a fin de cuenta dos cosas, uno, quien sabe dónde voy a estar en unos años, quizás donde quisiera o de turismo (ojalá), o de regreso en el país para sacarlo adelante, porque nadie sabe lo que tiene hasta……   Y dos, quien iba a pensar que tanto que nos decían “estudia para que llegues lejos” a la final verdad se aplicaría, cierto, si Mama, Papa, Hermanos y Hermanas, Primas, Primos, Familiares y Amigos en general estamos lejos físicamente, pero unidos siempre de corazón.


Carlos E. Marin



lunes, 10 de junio de 2019

FÁBULA DE UN INMIGRANTE. 
Capítulo IX.
"El laberinto"
Ambos estamos asomados por la ventana del autobús. Lo sujeto fuertemente como siempre. Es un miedo exagerado a que algo malo le pase. Su gorro y bufanda dejan poco que ver de su rostro. Sin embargo, destaca lo más tierno que Dios ha podido regalarme. Su mirada un tanto triste me aflige momentáneamente. Es su primer día en la guardería y lo sabe. Tuvimos que levantarlo muy temprano, destruir su libertad rutinaria. Vamos en camino al distrito en el cual trabajo. Es uno de los más frondosos de Lima y me recuerda a mi adorada Maracay. La primera vez que lo vi me dije: quiero vivir ahí. Me concedieron el deseo a medias al darme un trabajo. Justo enfrente del colegio en que trabajo está su sede de educación inicial y allí comenzaba a asistir mi hijo Jonás David. Él seguía callado en el trayecto, como si hubiera atrapado un cometa del universo para no aburrirse en sus pensamientos. Llegamos a nuestra parada, pero aún tenemos que caminar quince minutos para arribar a nuestro destino. Debo cargarlo para ahorrar tiempo. Mi hijo luce un tanto decaído por lo que decido cambiar su realidad y mejorar su día. Nos aproximamos a un callejón o pasaje que atravieso todos los días de camino al colegio. Así que le susurro a Jonás que estamos a punto de entrar a un laberinto muy peligroso plagado de villanos, que necesitaré de su protección. Una sonrisa temeraria lo saca de su ensimismamiento. Todo la realidad se borra a nuestro alrededor. Ya estamos en el laberinto. Los ojos de Jonás comienzan a brillar con una intensidad inusitada. Me pide que lo baje para prepararse para las batallas. Yo me escudo en él y le voy mencionando a sus rivales aparecer. Allí está Octupus Jonás!. Él se transforma rápidamente en Spiderman y arquea sus piernas y brazos como el intrépido arácnido. Su sentido lo alerta y se percata de los tentáculos abalanzarse violentamente hacia nuestras espaldas. Spiderman da un salto mortal invertido y en el aire suelta miles de telarañas que inmovilizan cada uno de los tentáculos. Oh villano ya te tengo!,-le grita-. Y enseguida lo desmaya. Seguimos por el laberinto, sin encontrar aún la salida por sus múltiples vertientes. Ahí está Jonás!, ese que viene es Loki!, y tiene el teseracto!, en quién te vas a convertir?. No me responde, solo empieza a molestarse inexplicablemente, mientras que su forma humana se altera rápidamente a la par de un enverdecimiento de toda su piel. Músculos exorbitantes brotan, sus piernas son casi tan gruesas como las llantas de un auto, voltea hacia mí y su rostro desaliñado e iracundo me muestra que ahora es Hulk. De no saber que es mi hijo saldría corriendo. Apenas alcanzo a gritarle que ya Loki está sobre él, pero era muy tarde. El asgardiano se aproxima en el aire y lanza un poderoso rayo con su cetro. Sin embargo, la reacción de Hulk fue impactante. Abre su boca tan grande que hubiera podido devorarse a una mototaxi. Se traga por completo los rayos expelidos por Loki, quien desafortunadamente cae justo enfrente de su enfurecido rival. Este aprovecha y le grita muy cerca de su cara: Yo soy Hulk! Aaarrr!. Loki se derrite allí mismo. Las risas de ambos interrumpen la épica. Pero esto no ha terminado. Ya hemos encontrado la salida, aunque está bloqueada por un temible último contrincante: Lex Luthor. Y no está solo como un simple humano, se encuentra recubierto por un monstruoso exoesqueleto de avanzada estructura nanotecnológica. Nunca había visto a este villano en persona, su mirada denota maldad pura. Me observa y sin pensarlo levanta su poderoso puño cibernético para aplastarme el rostro. No llega a golpearme. Jonás, trajeado de azul con botas y capa roja detiene su mano sin problemas. El hombre de acero ha entrado en acción, su héroe preferido, nuestro héroe preferido. Se eleva en el aire con majestuosidad, y ante la mirada atónita de su archirival encoge su puño derecho para devolver la agresión. Un estruendoso golpe rompe la barrera del sonido e impacta a Luthor enviándolo lejos como una pelota bien bateada. Veo a mi hijo viviendo su fantasía y todo lo demás deja de importarme. La alegría no dura mucho. Lex también puede volar y ya regresa con furia para atacarnos. Superman se prepara para defenderme. Lex sonríe maléficamente mientas una poderosa concentración de energía oscura aparece en ambas palmas de sus manos. Pero mejor luce mi hijo, realiza algo nunca visto: su cuerpo atrae una gran cantidad de rayos del sol como un imán nuclear. Yo estoy a la expectativa ante el inminente choque de titanes. Cuando están a punto de colisionar el villano se esfuma en el aire. No hay asombro. Desapareció porque ya hemos salido del laberinto y la aventura terminó. De regreso seguimos jugando hijo -le dije para consolarlo-. Lo dejo en su primer día de escuela con mejor ánimo, llega al aula jugando con sus muñecos de Batman y Superman. Yo ya estoy en el colegio y aún sigo sonriendo. Su vida es una aventura que apenas está por empezar.




Francisco J. Flores R.

lunes, 3 de junio de 2019

FÁBULA DE UN INMIGRANTE. 
Capítulo VIII.
"Éramos felices y no lo sabíamos"
Estoy seguro de que la rutina premigratoria de la inmensa mayoría de los venezolanos desplazados consistía en trabajar de lunes a viernes  durante un horario razonable. Incluso, muchos de ellos ganaban altas sumas de dinero sin esforzarse mucho, sin levantarse temprano, sin violar las leyes. Ni Sherlock Holmes podría deducir ese misterio. Si pisabas firme en nuestra tierra, seguramente emanaba una buena porción de petróleo para ti. Desde el que hubiera nacido en suelo criollo hasta el proveniente de Pekin. Los fines de semana eran rituales sagrados: algunos se dedicaban al ocio relajante, otros se iban a viajes recreativos. Y una gran parte, los héroes absurdos de la existencia, se sumergían en aventuras alcohólicas. En este último grupo estaba yo metido hasta la médula. Si entrabas durante esa época dorada a la casa de mi madre, podías observar las repisas plagadas de una cantidad opulenta de esqueletos etílicos, testigos de las noches festivas que nos vieron disfrutar la efímera felicidad de la embriaguez. En mi país, beber desenfrenadamente no era un escándalo deplorable, ni una excusa sinuosa que dejaba traslucir tristeza o sufrimiento. Simplemente era tan común como cenar arepas y tan necesario como tomar café por las mañanas. Allí, en un pueblo tranquilo y beodo, nos conformábamos con una vida sencilla pero plena. Y todo iniciaba un viernes por la noche cuando alguien del grupo preguntaba por mensaje la célebre: Qué vamos a hacer hoy?, todos sabíamos que íbamos a hacer, pero nos encantaba complicarnos la existencia para lograrlo, quizá eran actos inconscientes para no convertir estas faenas en rutinas. Nuestras noches eran una montaña rusa de bebidas: iniciábamos con cervezas, luego tornábamos a ron y después aceptábamos lo que viniese. Además, la velada se nos iba entre partidas extensas de dominó, charlas jocosas sobre nuestras vidas, bailes torpes entre risas  o entonando canciones variadas, acompañadas con mi hermano el guitarrista. Recuerdo todas las sonrisas de mis amigas, los gritos peculiares de mis hermanos del alma, los abrazos cariñosos de mi primo Carlitos, la mirada azul de mi esposa cuando éramos novios y la dulce voz de mi madre que de vez en cuando aparecía para acompañarnos un rato. Tampoco olvidaré todas las veces que decía: "Yo salgo de mi país pero de vacaciones!. Además, prefiero conocer primero toda Venezuela antes que irme a otro lado". Como reza el dicho: éramos felices y no lo sabíamos, aunque en el fondo yo sabía que sí.





Francisco J. Flores R.

viernes, 31 de mayo de 2019

FÁBULA DE UN INMIGRANTE. 
Capítulo VII.
"Los inmortales"
Ya es la hora de la cena y como es de costumbre durante cada noche, salgo a ver qué podíamos comer. Aún no habíamos implantado la arepa como dieta frecuente así que navegaba por aguas misteriosas, explorando combinaciones ideales para rellenar el pan nuestro de cada día. Sin embargo, siempre conservo la esperanza de que esto cambie y algún día regrese con un cachito de jamón y queso o una empanada de pabellón. La bruma del invierno reina por la calle y el frío acaricia mi cuerpo con rudeza. Se observa poca gente debido a que la excesiva humedad profundiza el sufrimiento térmico. Mi paso apurado se detiene porque presiento que alguien se acerca. Es raro, la inseguridad aquí casi ni se percibe en comparación con lo que vivía en mi país. Volteo sin disimulo pero no veo a nadie.  Continúo mi caminar. La sensación no desaparece. Ignoraba que esta ciudad también podía ser misteriosa. Justo en un cruce de esquina casi choco con un joven que venía de frente a mí. Llevaba gorra y un suéter cuyo modelo no era de por aquí. Los dos sonreímos. Sabíamos que nos había sucedido lo mismo. Resulta que somos parte de los inmortales. Pertenecemos al mismo clan. Me convertí en uno de los MacLeod y desde entonces cada vez que transito las calles puedo presentir o reconocer a otro inmortal. Además, sus gesticulaciones o formas de caminar dicen más que sus palabras. Compartimos la misma energía que fluye desde un alma hasta otra. Somos los sobrevivientes de la hecatombe cultural que devastó a nuestro hogar. No podemos dejar este mundo, no aquí. Estamos destinados a deambular por toda la eternidad, o morir en Venezuela.




Francisco J. Flores R.

lunes, 27 de mayo de 2019

FÁBULA DE UN INMIGRANTE. 
Capítulo VI.
"El verdadero socialismo"
A las cuatro y media de la tarde ya estoy de regreso al departamento. Qué bien se sentía decir departamento, palparlo. Los primeros tres meses en esa microhabitación redujeron mi realidad a una pequeña nave que divagaba  fuera de la Matrix. Tendría pocos días de haberme mudado de la cumbre borrascosa. Respiraba un ambiente distinto en este distrito más céntrico y urbanizado. Sobretodo porque vivía cerca de un centro comercial alucinante llamado Plaza Norte, que más que un foco de consumismo es un lugar muy carismático en el que no pareciera existir el aburrimiento. En fin, lo traigo a colación debido a que mi jornada profesional había concluido, pero empezaba mi otro oficio: vendedor ambulante. Llegaba desde el colegio, saludaba a mi esposa y abrazaba a mi hijo. Apenas los veía sonreír y sin perder mucho tiempo me cambiaba de ropa. Jonás me dejaba ir con la promesa de traerle algo rico para comer, mientras que mi rosa azul siempre me animaba diciendo: "Que vendas todo papi". Cada vez que salía de la casa con mi bandeja de fresas con crema, sentía una alteridad fluir de mi interior, mi otra identidad apoderándose. Mi esposa preparaba estos ricos dulces venezolanos que irónicamente nunca pude degustar en mi nación, y aquí los vendía. En Venezuela, ella probó la repostería como último esfuerzo para evitar la emigración. Logró cambiar el destino solo por unos meses. La hiperinflación acabó con ese intento. Ahora heme aquí, caminando por las calles de Lima, ofreciendo dulces exóticos, lidiando con las curvas anímicas que sientes al vender: un día te compran todo, en otro ni te ven o a veces salvas la jornada cuando te regalan dinero con una determinación tan altruista que terminas por aceptarlo. Y el destino final de mi recorrido comercial siempre era las afueras de Plaza Norte, el hogar cíclico de los vendedores informales venezolanos. Todos sus alrededores estaban adornados con gente de mi país repitiendo una y otra vez una frase extraña para los limeños: "a la orden!, a la orden!". Para muchos de ellos, vender en la calle era una forma de subsistencia temporal mientras conseguían un empleo estable. Para otros, era su opción de sustento por la decepción económica resultante de los empleos estables que habían conseguido. Para mí, era un complemento monetario necesario. Me sentía como un súper héroe que sale a la urbe en búsqueda de aventuras. Fue impactante la primera vez que pisé Plaza Norte como trabajador de la calle. Ofrecía tímidamente mis fresas con cremas o esperaba llamar clientes con el pensamiento, aunque siempre llevaba la sonrisa humilde de ser venezolano. Empero, mi labor no se remitía a obtener un sustento extra. Mi curiosidad etnográfica me llevaba a relacionarme con mis paisanos, a observarlos, a escuchar sus testimonios e intercambiar las desavenencias. Me impactaba ver jóvenes madres con sus niños vendiendo alfajores, personas hasta de la cuarta edad ofreciendo canchitas (o cotufas en término venezolano), profesionales de todos los calibres: médicos, profesores, ingenieros, abogados. También ganaderos, agricultores, bachilleres, niños de tres o cuatro años gritando tiernamente: bombones a un sol! y pare usted de contar. Escuchaba testimonios de personas que disfrutaron de altos cargos gubernamentales, de parejas que dejaron a sus hijos en Venezuela, de trotamundos que venían recorriendo varios países en busca del sueño inmigrante aún no cumplido. Y yo siempre culminaba cada conversación de la misma manera: solo estando aquí sentimos  que ahora realmente somos iguales, empezando de nuevo, con un pasado heterogéneo borrado por la emigración. Esto sí es el verdadero socialismo.



Francisco J. Flores R.

lunes, 20 de mayo de 2019

FÁBULA DE UN INMIGRANTE. 
Capítulo V.
"La lluvia tiene alma"
Extraño la lluvia de mi pueblo. El vendaval de agua que caía para anunciar no solo la mitigación momentánea del calor, sino la bienvenida a una tormenta hermosa de recuerdos. Cómo anhelo el olor único de sus calles húmedas, el impacto visual de las empinadas que divertían mi caminar junto al frescor de los árboles recién bañados. Cuando llovía en mi San Juan, todo el ánimo se calmaba , el cielo se volvía pensativo y su color mate  escondía los secretos de la naturaleza. Nosotros, apreciábamos su abismo sin miedo a perdernos. Mi casa se convertía en una máquina del tiempo mientras que las gotas de agua la impulsaban hacia la vulneración ontológica. Y yo, ensimismado, disfrutaba de la melancolía, reviviendo momentos que no volverán. La imponente vista de los Morros al fondo del paisaje nos hacía agradecer su creación divina, erigida como una fortaleza natural en la entrada a la capital guariqueña. A veces la neblina cubría casi todo su cuerpo, añadiéndole el toque mágico de la vida. En esta ciudad que ahora me pertenece no llueve, solo chispea baños invisibles que acompañan un frío solemne. Ya no espero la emoción de los torrenciales aguaceros. Ya no escucho los estruendosos relámpagos que lanzaba Zeus a mi aldea. Las casas adornadas de arbustos se han quedado congeladas en mi memoria. Ahora vivo en una urbe naciente que enloquece a sus hijos con sus luces y su velocidad. Ahora sé que la lluvia tiene alma. Tales de Mileto tenía razón.


Francisco J. Flores R.

martes, 14 de mayo de 2019

FÁBULA DE UN INMIGRANTE. 
Capítulo IV.
"Dios existe"
Recordar es vivir, y también vivir es recordar. Así que recordemos mi primer día de trabajo, pero no como docente afortunado, sino como un novato inexperto. Meses antes de enseñar. Un parque de atracciones me dio mi primera gran oportunidad de estabilizarme. Pero "oportunidad no significa facilidad", como decía un gran educador llamado Franklin Becerra. Sí ya sé, esta fábula se está tornando fabulesca, pero resulta que una verdadera parábola narrativa te enseña, te enseña que la vida es un aprendizaje doloroso, surgido desde el sufrimiento. "Sufrir tiene sentido", sentenció una vez Víctor Frankl, sobreviviente a los campos de concentración. Si la vida fuera fácil sería completamente absurda. Entonces, ahí estaba yo, haciendo todas las tareas que rehuía en mi país de origen. Dios existe y tiene buen sentido del humor. Me ha tocado hacer lo que no he querido hacer, aprender lo que detestaba aprender. Llego al parque y me informan que durante la mañana toca limpieza y mantenimiento, mientras que en las tardes es el turno de atender las atracciones. El encargado me pregunta: qué sabes hacer? Y yo le respondo mentalmente como Sócrates: Solo sé que nada sé. El coordinador es benevolente en sus exigencias técnicas y me manda a abrir unos huecos de un metro de profundidad para colocar unas estacas. Ahora bien, sumen esto: Sol inclemente, huecos rebeldes y herramienta metálica descomunal. En pocos minutos de trabajo me hice diez ampollas por cada mano. Las conté, las observé con admiración y orgullo, pero mi rostro seguramente reflejaba tristeza. Después de esa titánica labor ya era Hércules cumpliendo una de sus tareas heroicas. Luego, me presentan mi siguiente reto antes de ganarme el derecho a almorzar: arreglar una cerca. Cuando vi lo que tenía que hacer empecé a reírme en silencio. Yo, un ser que a duras penas cambiaba un bombillo debía usar una lógica desconocida para resolver este problema. Una fuerza ulterior me llevó a iniciar el difícil cometido. Usé una pala y un alicate de presión subiendo al máximo mi esfuerzo kinestésico. En dos horas ya tenía mi obra de arte terminada. Me dirigí hacia el encargado y con altivez le dije: ahí está su cerca reparada. Fui tranquilamente a devorar mi almuerzo con satisfacción. Tiempo después, aprecié bien cómo había quedado la cerca y parecía la carretera hacia un hermoso pueblo costero de mi país llamado Choroni, completamente torcida. Noté más irregularidades en el alambrado que el sistema de votación venezolano. Me dije a mí mismo: Dios existe, porque no me despidieron.

Francisco J. Flores R.

FÁBULA DE UN INMIGRANTE.  Capítulo XV. "Vivir, soñar, ser" Quizá mis lecturas también me han hecho mucho daño. Y ahora, cua...